jueves 12 de noviembre de 2009

La historia que nunca pudo ser (Parte 1)


Nos conocimos hace ya más de quince años, en el colegio. Lo recuerdo como si fuera ayer. Todo comenzó con una pelea diaria por el monopolio del único columpio del patio que acabó por unirnos a fuerza de castigos en común. Nuestras familias se conocían de antes, y a raíz de nuestra amistad reforzaron los lazos. Quedábamos los fines de semana para comer, íbamos juntos a viajes… Pasábamos grandes cantidades de tiempo juntos en las que me hacía reír con sus múltiples ocurrencias, yo le dejaba copiar mis deberes, nos encubríamos mutuamente cuando hacíamos trastadas (que no eran pocas veces) y discutíamos por cualquier tontería unas trescientas cincuenta veces al día.

Crecimos, y la relación cambió un poco por cosas de la edad: Él empezó a verme como una chica aburrida más que, en lugar de querer estar con él, se encerraba en el baño a cotillear con las demás sobre dios sabe qué, mientras que yo a él lo veía como a un niño inmaduro que no era capaz de comprenderme. Pero a pesar de eso, vivimos juntos un montón de cosas nuevas para nosotros, como las primeras fiestas y borracheras o las inagotables mentirijillas para pasar noches enteras fuera de casa. También empezamos a compartir nuestras inquietudes, nuestras tristezas, nuestros miedos, nuestos primeros amores…Cada uno empezó a conocer los más los secretos del otro, y esto nos unió más todavía, si es que acaso era posible.

En esta época, nuestras consabidas y continuas discusiones se acrecentaron. En lugar de ser meras disputas nacidas de toda relación amor-odio, como pasaba antes, ahora eran verdaderas peleas que a veces nos lo hacían pasar realmente mal. Él estaba especialmente irritable y en ocasiones se ponía un poco insoportable y me sacaba de quicio. Entonces nos decíamos cosas que nos dolían y nos dejábamos de hablar durante (cortas) temporadas, pero al final siempre volvíamos el uno al otro y cada vez con más fuerza. Pero he de reconocer que, por muy enfadado que estuviera, siempre (siempre) estuvo ahí para consolarme, aconsejarme, escucharme o simplemente soportarme cada vez que lo necesité.

Tiempo después descubrí que se comportaba así, a veces raro y otras como un auténtico cielo, porque estaba loco por mí. No soportaba hacer el papel de amigo cuando lo único que deseaba era estar conmigo, y lo único que quería era amarme y que lo amara sin importarnos nada más...
Me lo gritaba con gestos, me lo decía con miradas. Pero nunca lo expresó con palabras, y yo no supe verlo. De haberlo sabido...

La historia que nunca pudo ser (Parte 2)


Él siempre había sido un chico algo tímido y bastante pasota –especialmente con las chicas- y nunca, nunca lo verías hablando con ninguna más palabras de las justas, y menos abrazando –evitaba hasta el más mínimo roce- a ninguna… a ninguna que no fuera yo. Le salía de forma espontánea, especialmente si yo pasaba por un mal momento, o simplemente cuando le apetecía. También me acariciaba el pelo, o me daba tiernos besos en la mejilla (cosa completamente normal entre nosotros, ya que nuestra confianza era tal que hasta habíamos dormido juntos ligeros de ropa en la misma cama en más de una ocasión) pero a la gente le resultaba algo extraño y no dejaba de hacer comentarios sobre nuestra posible relación.

Nosotros lo negábamos todo, pero si es cierto que era bastante raro. De veinticuatro horas que tiene el día, podíamos pasar perfectamente dieciséis hablándonos, ya fuera en clase, por Internet o teléfono. Era adictivo. Necesitaba tener su voz y sus palabras en mi día a día para sentirme completa.

Y verle. Estar con él el mayor tiempo posible. Me sentía bien estando a su lado, era el único chico ante el que podía ser yo misma sin miedo a que algo pudiera salir mal. No recuerdo mejores momentos que las horas que pasábamos tirados juntos en la playa, mirando el atardecer sin decirnos nada, a veces abrazados, otras cada uno por su lado. O los posteriories paseos por la orilla del mar, empujándonos el uno al otro hasta acabar revolcados por la arena. O cuando escuchabamos música en su habitación. O nuestras tardes de cine en las que yo me enfadaba porque quería ver la película y el sólo quería picarme y no dejaba de tirarme palomitas. O esas noches en las que después de salir juntos de fiesta nos quedábamos horas y horas hablando de todo y nada, y al final nos quedábamos dormidos y no íbamos a clase por la mañana. O esos paseos a toda velocidad a lomos de su moto en busca de un paisaje bonito en el que hacernos millones de fotos…

Vivía para hablar con él. Le arañaba segundos al tiempo de mi agobiante vida de estudiante modelo sólo para poder verlo un rato. Y él me correspondía del mismo modo… Hasta que un día todo cambió. Discutimos –como tantas otras veces, era nuestro hobby preferido-, y se nos fue de las manos. Nos dijimos cosas horribles, y dejamos de hablarnos. El amenazó con que sería para siempre. Yo no le creí, porque siempre decía lo mismo y al rato volvía a llamarme. Pero esta vez lo cumplió. Durante un año.

La Historia que nunca pudo ser (Parte 3)


Un año. Un año que se me hizo eterno, en el que no contestó a las pocas llamadas que hice, giraba la cara si se cruzaba conmigo por la calle y tenía la frialdad de ignorarme aunque supiera que lo estaba pasando mal.

Yo estaba fatal. Lo echaba muchísimo de menos. Pero mi puto orgullo roto no me dejaba acercarme a él. Empezaba a frustrarme. Lo nuestro no podía acabarse. No así. Era mi mejor amigo. Yo lo necesitaba. Y él no estaba ahí. Y la duda empezaba a quemarme… Me había enfadado con otros antes, había roto relaciones y me había dolido, pero no había sentido como si me arrancaran una parte de mí.

Las cosas ahora tenían menos sentido, porque no estaba él para compartirlas. Si no era con él, no me apetecía hablar. Estar triste sin que él me abrazase…era criminal. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué al acordarme de él siempre acababa llorando? ¿Y por qué con verlo feliz junto a ella no me bastaba, sino que habría matado por ser yo a la que besara? No podía ser cierto lo que me estaba pasando… que ahora que se había ido, yo me estuviera enamorando.

Lo intenté de nuevo. Lo llamé. Lo busqué. Lo saludé. Pero él, con toda la sangre fría del mundo, se mantuvo firme. Acercarme no había funcionado. Alejarme podría ser la solución. Así que tomé la difícil decisión de cortar por lo sano y poner tierra de por medio. Si no quería volver a verme, iba a ponérselo fácil. Y ni siquiera tenía por qué enterarse.

Pero se enteró. Y fue entonces cuando volvió a mí y hablamos. Nos pedimos perdón. Nos insultamos. Nos reímos. Lloramos. Y, finalmente, nos reconciliamos, con uno de esos abrazos que me hacían tiritar. Vi la felicidad en sus ojos. Yo me sentí en paz. Y aunque los dos lo deseábamos… no pasó nada más.

Y ahora estoy aquí, a cientos de kilómetros de él. Yo creía que sólo se podía echar de menos lo que has tenido alguna vez, pero veo que me equivoqué. Porque nunca lo he tenido, pero vivo atada a la obsesión de poder volverle a ver. Y a veces sueño sin querer con que su piel roza mi piel, con que me besan sus labios de miel, con que sus manos me acarician, con que susurra en mi oído las palabras prohibidas que nunca ninguno de los dos llegó a pronunciar… "Te quiero".

Ese “te quiero" que no quiero aceptar. Que nos murió en la garganta antes de empezar. Que ahora me podría salvar... Entonces me despierto. Y él no está. Y ya no sé si lo echo de menos o sólo quiero no echarlo de más.

martes 10 de noviembre de 2009

...y qué largo el olvido.


Sabes que pasa algo. Lo intuyes. Nada ha cambiado, pero todo es diferente. Preguntas. Y no obtienes respuesta. Vuelves a preguntar. Nada. Insistes… Niente. Pero algo va mal. Sus palabras no son las de siempre. Sus ganas no son las de siempre. No es el de siempre. ¿Qué ha podido pasar? Bueno, que no cunda el pánico. Será un mal día. Una mala semana. Un mal mes… Algo falla. Analizas cada palabra. Analizas su estado anímico. Analizas las circunstancias… Y no encuentras nada. Entonces te asalta la gran duda: ¿Qué he hecho mal? Sigues preguntando, indagando, especulando.... Pero no obtienes respuesta.

Te sientes impotente. Te agobias. Te asustas. Te frustras. Lo sabes. Y él sabe que lo sabes. Pero tú no quieres verlo. No puedes verlo. Y él ya no sabe más que hacer para hacértelo ver.
Intentas jugártelo todo a una última carta, esa que tendrías que haber tirado muchas manos atrás. Confías en que funcione, te aferras a esa última esperanza como a un clavo ardiendo. Te ofreces. Te arrastras. Y entonces, él dice basta. Te abre los ojos. Y la verdad, tan nítida, tan clara, tan fría como un puñal, se presenta ante ti como un negro abismo al que las circunstancias te arrojan sin remedio.

Caes. Durante largo tiempo. Días, semanas, meses. No sabes cuánto hace que empezaste…Solo sabes que no puedes parar. Que no va a parar. No comes. No duermes. No ríes. No vives. Únicamente, lloras. Porque está lejos, y no va a volver. Porque no quieres estar así, pero no lo puedes evitar. Porque por muchas lágrimas que derrames, no conseguirás ahogarte –que es lo que ahora más desearías-.

Cada palabra lleva su nombre. Su olor, de pronto, está en todas partes. En las miradas de otra gente, él te está mirando. Todas las sonrisas parecen salidas de sus labios. (Sus labios… Esos que tan bien encajaban con los tuyos, esos que eran capaces de estremecerte con sólo rozar cualquier parte de tu cuerpo). Lo buscas en todos los besos que regalas. Lo sientes en todos los brazos que te rodean –pero nadie sabrá nunca abrazarte como él lo hacía…-. En cada gesto, en cada movimiento, está presente su recuerdo.
Por eso dejas de hablarle, de verle, y en la medida de lo posible, de pensarle. Intentas ignorar sus llamadas y mensajes, sus ganas de hablar contigo, sus ruegos y sus chantajes, sus intentos de quedar -como amigo o como amante-. Y tú tratas de resistirte, pero no encuentras el modo… Porque, si él te dice ven, tú lo dejas todo.

Esa noche vuelves a quererle. Vuelves a abrazarle. Vuelves a besarle. Rezas para que no pase el tiempo y vuestro momento nunca acabe. Pero al llegar el día, todo empieza a evaporarse: Él se ha ido –otra vez- y tú, tan sola como antes.

Rescatando del olvido la manera de olvidarle.

domingo 8 de noviembre de 2009

Qué corto fue el amor...

[Quiero escribir, y no me sale. Necesito gritar, pero no puedo. Voy a llorar (inevitable...) al navegar entre recuerdos: ]


Circuito fallido por mi cárcel. Palabras mezcladas entre versos. Superado el miedo (aunque algo tarde..) fui capaz de robar besos. Yo acomodada en tu pecho. Tus manos enredadas en mi pelo. En aquel sofá, mirando al techo. Llorando juntos mis anhelos. Despedida en la estación. Libros, cartas y secretos. Necesidad de entablar conversación, días enteros soñando vernos. Un parque, un tren, una canción. Uno (de dos) regalos eternos.

Robar dos libros una tarde. Sentarnos juntos a querernos. Besarnos en un callejón sin nadie. Desear no dejar de hacerlo. Pasarlas putas sin hablarte. Echarte de más y muy de menos. Verte siempre en todas partes. Llorar por ti (por fuera y dentro).
Probar con uno a ver si hay suerte (mejor con veinte, por si acaso...) para arrancarte de mi mente (..un auténtico fracaso). Llamar borracha por teléfono. Ver contigo las estrellas. Tener mi segundo regalo (que es lo único que queda...).

Andar. Cantar. Llorar. Besar. Saber lo que duele un abrazo.
(Podría) Pagar. Morir. Matar... Por otro segundo entre tus brazos.

viernes 6 de noviembre de 2009

Así me siento...

Como las hojas secas que arrastra el viento...



Pero de nada sirve este lamento si no estás aquí.

viernes 23 de octubre de 2009

C'est la vie.


Mírala. Obsérvala atentamente. Ahí, sentada frente a ti, escribiendo. Frunce el ceño a causa de la concentración, y te das cuenta de que tiene una suerte de tic nervioso que la hace sonreír lacónicamente cada pocos minutos. ¿En qué estará pensando? Puede que en los apuntes que copia. O en lo que hará al salir de la biblioteca. No lo sabes. O sí. Sería fácil adivinarlo. Vuelve atrás en el tiempo. A la misma sala. El mismo día. A la misma hora. Un año atrás alguien copiaba esos mismos apuntes. Diez años atrás, una chica estaba sentada en el mismo sitio. Cien años atrás, alguna más tendría un tic nervioso que alterase su cara cada varios minutos, puede que incluso ese de la sonrisa. Mil años atrás, otra chica pensaría en llegar al feliz momento en el que terminan sus tareas diarias. No serán ella. No son ella. ¿O sí? Pensamos en tanto y en cuanto existimos. Somos lo que pensamos. Ya se vivieron las cosas que ella está viviendo. Ya se pensaron cosas que ella pensará. Nada de lo que le ocurra –o se le ocurra- será nuevo. Su vida se construirá a base de retazos de sueños, pensamientos, sentimientos vividos por otras personas. Todo está inventado. ¿No lo crees? No hace falta irse tan lejos. Tú. Mira las fotografías. Te diviertes, con tus amigos. Estáis de fiesta. Descubrís el local de moda de la ciudad. Comenzáis a inmiscuiros en la noche madrileña. Nunca habíais vivido algo así. Os sentís eufóricos. Especiales. Sí… Vuelve a mirar las fotografías. Esas que se sacaron los que son uno, dos, tres, siete años mayores que tú por las mismas fechas. Hacían fiesta en el mismo parque. Iban al mismo local de moda, aunque seguramente hayan cambiado el nombre. Empezaban a descubrir la noche madrileña. Se sentían únicos. Especiales. Pero… ¿Lo eran? ¿Lo son? ¿Lo somos? Se limitaban a vivir aventuras de otros. A pisar el mismo camino que los que les antecedieron. Y sus predecesores hicieron otro tanto. Y nosotros lo haremos igualmente. ¿Todavía no? Piénsalo. Piensa en el amor. Te enamoras de una chica. Ella también de ti. Compartís juntos un montón de momentos que creéis especiales, íntimos, vuestros. Pero al otro lado del globo hay una pareja que ha visto el mismo atardecer que vosotros, hace años dos pares de pies pasearon por la misma arena que vosotros pisáis, y dos bocas se besaron con tanto ahínco como el que vosotros demostráis en ese banco del parque en el que, por cierto, cientos de personas invadidas por el mismo sentimiento han grabado sus nombres y fechas con navajas o llaves. Después, lo dejas con esa chica. Se ha enamorado de otro. Y tu amor por ella es ciego, loco, repentino. Por él que matarías y morirías. Crees que nunca nadie sintió nada tan fuerte por otra persona. Que tu problema es el más grave del universo y que jamás podrás salir de él. Que no hay nadie que sepa cómo estás sufriendo. Pero generaciones de locos antes que tú murieron en vida por los mismos motivos…

Podríamos seguir poniendo ejemplos. Pero, como todo, es inútil. Porque alguien en la historia del mundo antes que yo habrá reparado en la insignificancia de nuestros actos. En el hecho de que no podemos ver obras de arte que nadie más haya visto, maravillarnos ante la belleza de un paraje que nunca haya sido contemplado con una vehemencia igual a la nuestra, ni experimentar un sentimiento hacia alguien o algo que no sea un calco de los que antaño acaecieron. No hacemos más que repetir la historia una, y otra, y otra vez. Nuestro destino, si es que existe, no nos depara nada nuevo. Cometeremos los mismos errores que alguien antes que nosotros cometió. Probaremos las mismas cosas que muchas lenguas ya habrán probado. Estudiaremos materias exprimidas al máximo por generaciones anteriores. Pensaremos en los mismos ideales, pintaremos los mismos cuadros, contaremos las mismas historias de los libros, sentiremos las mismas cosas. En tiempos, lugares y circunstancias diferentes. Pero nada de lo que hagamos será nuevo.

¿Para qué vivir, entonces? ¿Merece la pena, sabiendo que hagas lo que hagas…ya estaba hecho? No lo creo. Pero, ironías de la vida, ni siquiera desaparecer del mundo es la solución. Porque otros tantos antes que tú se han quitado la vida negándonos la posibilidad de ser originales incluso en el último de nuestros actos.