
Nos conocimos hace ya más de quince años, en el colegio. Lo recuerdo como si fuera ayer. Todo comenzó con una pelea diaria por el monopolio del único columpio del patio que acabó por unirnos a fuerza de castigos en común. Nuestras familias se conocían de antes, y a raíz de nuestra amistad reforzaron los lazos. Quedábamos los fines de semana para comer, íbamos juntos a viajes… Pasábamos grandes cantidades de tiempo juntos en las que me hacía reír con sus múltiples ocurrencias, yo le dejaba copiar mis deberes, nos encubríamos mutuamente cuando hacíamos trastadas (que no eran pocas veces) y discutíamos por cualquier tontería unas trescientas cincuenta veces al día.
Crecimos, y la relación cambió un poco por cosas de la edad: Él empezó a verme como una chica aburrida más que, en lugar de querer estar con él, se encerraba en el baño a cotillear con las demás sobre dios sabe qué, mientras que yo a él lo veía como a un niño inmaduro que no era capaz de comprenderme. Pero a pesar de eso, vivimos juntos un montón de cosas nuevas para nosotros, como las primeras fiestas y borracheras o las inagotables mentirijillas para pasar noches enteras fuera de casa. También empezamos a compartir nuestras inquietudes, nuestras tristezas, nuestros miedos, nuestos primeros amores…Cada uno empezó a conocer los más los secretos del otro, y esto nos unió más todavía, si es que acaso era posible.
En esta época, nuestras consabidas y continuas discusiones se acrecentaron. En lugar de ser meras disputas nacidas de toda relación amor-odio, como pasaba antes, ahora eran verdaderas peleas que a veces nos lo hacían pasar realmente mal. Él estaba especialmente irritable y en ocasiones se ponía un poco insoportable y me sacaba de quicio. Entonces nos decíamos cosas que nos dolían y nos dejábamos de hablar durante (cortas) temporadas, pero al final siempre volvíamos el uno al otro y cada vez con más fuerza. Pero he de reconocer que, por muy enfadado que estuviera, siempre (siempre) estuvo ahí para consolarme, aconsejarme, escucharme o simplemente soportarme cada vez que lo necesité.
Tiempo después descubrí que se comportaba así, a veces raro y otras como un auténtico cielo, porque estaba loco por mí. No soportaba hacer el papel de amigo cuando lo único que deseaba era estar conmigo, y lo único que quería era amarme y que lo amara sin importarnos nada más...
En esta época, nuestras consabidas y continuas discusiones se acrecentaron. En lugar de ser meras disputas nacidas de toda relación amor-odio, como pasaba antes, ahora eran verdaderas peleas que a veces nos lo hacían pasar realmente mal. Él estaba especialmente irritable y en ocasiones se ponía un poco insoportable y me sacaba de quicio. Entonces nos decíamos cosas que nos dolían y nos dejábamos de hablar durante (cortas) temporadas, pero al final siempre volvíamos el uno al otro y cada vez con más fuerza. Pero he de reconocer que, por muy enfadado que estuviera, siempre (siempre) estuvo ahí para consolarme, aconsejarme, escucharme o simplemente soportarme cada vez que lo necesité.
Tiempo después descubrí que se comportaba así, a veces raro y otras como un auténtico cielo, porque estaba loco por mí. No soportaba hacer el papel de amigo cuando lo único que deseaba era estar conmigo, y lo único que quería era amarme y que lo amara sin importarnos nada más...
Me lo gritaba con gestos, me lo decía con miradas. Pero nunca lo expresó con palabras, y yo no supe verlo. De haberlo sabido...









